La relación entre ascendidos de las menores y experimentados ahora tiene más ventajas para el recién llegado.

Santiago Jácome aún recuerda uno de sus primeros entrenamientos en el primer equipo de Liga de Quito: era la práctica de definición y le hizo un sombrerito a Adolfo Bolaños. Él estaba feliz porque fue un lindo gol, pero su susto fue mayor cuando Bolaños empezó a seguirlo furioso por la cancha. Luego supo que ese tipo de goles eran prohibidos para los juveniles.

juveniles
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Jácome vuelve sobre ese recuerdo con mezcla de sentimientos. Le causa gracia la forma de manejarse antes con los juveniles y le molesta porque considera que se pasaba por una verdadera conscripción para iniciar la carrera de profesional.

No había un reglamento escrito. Sin embargo, en los entrenamientos los juveniles se daban cuenta de que había códigos que se debían respetar. Por ejemplo: no se podía reclamar a un experimentado por no pasar la pelota. Si era su rival, no se le podía quitar el balón. Debían esperar hasta que los veteranos tomen agua para poder refrescarse. No utilizaban el mismo camerino. No hablaban en las charlas tácticas. Él mismo tenía que encargarse de sus uniformes y zapatos.

Aun así, la relación entre los jóvenes y los de recorrido era distante. Como recuerda Jácome, había muchos celos porque los más antiguos temían perder su puesto en el equipo. “Casi nunca se acercaban a darte un consejo, por lo general te dejaban que te equivoques”.

Sucedía en casi todos los equipos. El mediocampista juvenil José Francisco Cevallos recuerda los relatos de su padre cuando recién empezaba su carrera. “Me decía que antes las cosas eran más difíciles, los experimentados ni los tomaban en cuenta, no les hablaban y los hacían sentir relegados”.

Raúl Noriega también retrocede a la década de los ochenta y cuenta parte de sus vivencias. “Cuando uno recién empezaba y se sentaba en un puesto llegaba (Jimmy) Montanero diciendo: ‘Heeeeey, vámonos respetando…'”. Debía quitarse de allí.

También las duchas tenían dueño. “Como no habían tantas a la hora de bañarse, los juveniles teníamos que adelantarnos”. De lo contrario debían esperar hasta el final.

La exclusividad de sitios se extendía a los buses y aviones. Carlos Quiñónez (Emelec) respetaba además los gustos musicales de los más antiguos. Ellos eran los únicos que elegían la música para los traslados.

En El Nacional, el utilero Manuel Cortez asegura que las cosas eran diferentes. Todos utilizaban el mismo camerino y “asásea la estrella, cada uno se encargaba de sus zapatos”. La única diferencia que recuerda es que los juveniles no tenían uniformes para los entrenamientos.

Ahora muchas cosas han cambiado. Aún hay códigos que los juveniles deben respetar, pero existe mayor igualdad. Es prohibido, por ejemplo, que el joven intente humillar al de mayor recorrido con algún túnel (pasar la pelota entre sus piernas) o jugada de fantasía. Es considerado una falta de respeto, aunque no hay sanciones específicas.

Generalmente, el capitán del equipo pide al juvenil que no lo vuelva a hacer. En otros casos aprenden a las malas. Brayan De la Torre, con algo de humor, cuenta que durante una práctica le hizo un túnel a “cierto jugador”. Él le dio una patada y le dijo que respete.

Estas acciones se pasan por alto si en un entrenamiento no hay más salida que hacer ese túnel para seguir. “Siempre debe existir el respeto a los mayores -dice José Francisco Cevallos Jr.-, pero ellos saben que si uno tiene que hacerles alguna jugada un poco diferente no es por burlarse sino porque asáse presentan las cosas en el partido”.

Otro de los códigos que se mantienen es que el joven debe esperar que el experimentado se siente en el bus. Pero otros han cambiado. Ya no es prohibido quitarle el balón a un experimentado. Gracias a que los clubes tienen más recursos, los juveniles ya no esperan a que los mayores se hidraten: cada uno tiene sus bebidas. Comparten el camerino, las habitaciones en la concentración y la mesa del restaurante.

Santiago Jácome identifica, no obstante, un nuevo problema: los nuevos jugadores a veces pierden la orientación y se creen superiores. En algunos casos han tenido que llamarles la atención a los chicos porque no respetan los horarios de la comida o los lugares para quienes estuvieron antes en el club. JLV-JSN-mgd

Redacción EXPRESO

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