
El penal debió ser, desde su fundación, el símil inglés de los patíbulos. Una nostalgia de los fusilamientos que en nombre del imperio y la libertad de comercio, perpetró la corona británica. Una añoranza de pólvora de quienes idearon el deporte. Y es también, desde esa primera época, el oficio, tanto de quienes se especializan en ejecuciones a porteros como el de los especialistas en detener balas con las manos.
Otilino Tenorio ahora del Nacional y Marcelo Elizaga ahora de Emelec, son lo uno y lo otro, lo saben las pupilas que los han visto y que no olvidan las tardes y noches de sus gestas. Ni aun frotándose el cristal de los ojos, se puede borrar la impresión de las imágenes que les han tatuado la mirada. Ellos, son dos proyecciones de lo imposible.
Ese 24 de Abril del 2005, en el paredón se encuentran.
Cuando Otilino coloca el balón frente al arco, el estadio hiede a cámara de fusil.
Hasta entonces, Tenorio viene siendo un cartel con retrato incluido, en la que se lee la leyenda: “se busca”. Es un asesino serial de porteros, que viste al innombrable con el escudo del bombillo.
A este día llega, sin olvidar lo doloroso que fuera su primera época. Su lucha contra los insultos racistas que se había tragado y con las categorizaciones que le solían regalar de “cariño”, los comentaristas deportivos que lo ninguneaban. Sin olvidar, toda la tierra que le habían dado de comer los tratadistas. Esos antropólogos que hurgaban en las razones para la idiotez natural que tiene cierto color de piel. Esos “Lombrosos” del fútbol.
A este día llega, sin olvidar, que uno nunca debe dar las gracias, cuando te dan de patadas, aunque te juren que te los dan para corregirte la pierna y el paso.
Y, cansado de su pelea con la enfermedad de los medios, pelea que no es breve, pero que tampoco le es nueva ni exclusiva, atraviesa el trabajado laberinto de quienes lo maldicen. En los años de sus mejores goles, que a Emelec lo ayudan a campeonar, perpetra una parte de su revancha, venciendo a los demonios del medio en el que juega.
Lo que nunca perderá, a pesar de las piedras y los golpes que le llueven, es la sonrisa, esa bofetada a los callejones que dan a los precipicios. Ni el baile, ese exorcismo natural a los espectros del ocio. Los cuales, le acompañaron durante toda su carrera y, por lo cual, es muy bien recordado por el futbólatra nacional, aun a pesar de los colores.
Así, este ícono del espectáculo, driblaba al racismo y a las clasificaciones, en temporadas luminosas con Emelec. Como cuando quedó goleador de la Copa Merconorte del 2001, y sus goles en la liguilla final del campeonato nacional del 2002, incluida victoria en Casa Blanca y empate a 2 en el Monumental. Goles que lo tuvieron como protagonista de la estrella número diez de Emelec.
Además, fue protagonista de un millar de duelos desiguales, y en ellos, Tenorio siempre se tuvo en vocación de David, Héctor y Ulises. Aunque por las artes de su oficio, ya en la fragua, a más de una defensa la convirtió en estatua de sal. Goleador sin remedio, en sus funciones provocaba el lento ridículo de los adversarios. Pero no es porque en el momento de la verdad fuera soberbio, sino porque la humillación de los rivales le salía distraídamente.
Tanto en las prácticas como en los partidos, Otilino siguió siendo el mismo. Los amores y los dolores que le habían sido dados en todos estos años, empezaban y acababan en Emelec. Y aunque para el momento de este penal, viste la camiseta del Nacional, siempre está regresando a los derroteros del equipo en el que empezó su carrera deportiva.
Ahora que llega el día de enfrentar al equipo de toda la vida, Elizaga está frente a él. Ellos no lo saben aún, pero tienen derecho a un pedestal en la historia del club. Al museo que los cuente y a las clases que los estudien.
Por eso, hasta los núcleos atómicos que los conocen, expectantes, observan la escena que se aproxima. La Muerte que en dos semanas lo espera, también compra boleto y mira desde la San Martín.
Así las cosas, Otilino posa la pelota en la circunferencia de cal y se va alejando lentamente de ella, sin emitir ningún sonido. A distancia segura, se detiene. Mira a Elizaga con ese aire de superioridad que pudiera tener alguien que te perdona la vida. Luego, mira al cielo con los brazos en jarra y como interrogando inquietudes que no tienen respuesta, se sonríe de la travesura de convertirse en inmortal y del atrevimiento de burlarse de la muerte que lo ronda. Sólo después de aquello, empieza la carrera.
Rastrilla el borde interno de su pie y dispara.
Elizaga ve en sus ojos brillar un resplandor canalla que lo ciega, al jugarse a su izquierda. Otilino, a su vez, entrega el balón al magnetismo. Golpeando al arco, en realidad, apunta a Boca del Pozo y yerra el penal. La barra le devuelve el abrazo, coreando su nombre.
La avenida Quito se estremece, cuando la hinchada gutural, repite la despedida a su delantero, disfrazado del rival, mientras es expulsado. Como si se diera, en ese momento, la Intuición colectiva de la muerte colindante.
Otilino, mira a su alrededor. Casi debajo de la realidad, que él creía cierta, ahora atisba entre largas sombras la otra realidad en la que vivirá, ahora que se avecina esta ficción de la muerte. Caminando hacia los vestuarios al ver la roja, otra felicidad lo embarga, una visión del otro mundo.
Dos semanas más tarde, está viajando, por última vez, hacia ninguna parte.
En su camino, al borde del carretero, la muerte, babosa lengua, se abre paso desde la profunda tranquilidad de los matorrales. De súbito, su abrazo le aprieta el pecho. La muerte, ojos de fuego, le extingue la vida al contacto. Le da al aire cuando le quiere dar al freno. Hay un rápido intercambio de miradas. Pulsa pausa. Deja de aferrarse. La muerte y él, saben lo que debe hacerse.
Y pasan los años… En el aniversario 80 de Emelec, La Muerte, cansada e impotente, mira con frustración cómo el goleador persiste en su gloria.
Encogida y deshecha, escupe un ¡Bah! Con las manos y revisa la lista de los hombres que morirán mañana. Saca el visto que tenía junto al nombre de Otilino “Éste no muere aún muriendo” se dice. Pronto, apaga la lámpara del velador, murmura maldiciones, se hunde la almohada en la cara, y con su pijama negro continúa durmiendo el sueño que, amargo, la despertó del susto. El susto que le provocó el saberse de mentira.
Christian Cruzatti
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