gonzalo 11
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grande como EMELEC, solo su HINCHADA
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« Respuesta #2 : mayo 03, 2010, 09:37:21 am » |
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SEGUNDA PARTE
Mi psicólogo ya me lo dijo, "debes aprender a autovalorarte". Un flashback de aquellas tutorías de álgebra lineal me hizo comprender por fin. Debía determinarme -restándome antes lambda veces la identidad- y hacer frente a mis problemas, seguro que una vez diagonalizados todo parecería más sencillo. Incluso trivial.
Cientos de ideas describían órbitas keplerianas alrededor de mi cabeza en los difíciles días de febrero. Recuerdo que un día, mientras me comía un cilindro de paraboloides hiperbólicos sabor paprika al subir las escaleras, tropecé y rodé con deslizamiento con la dirección inicial y sentido opuesto. Todos se rieron de mí, un demonio se apareció a menos pi medios radianes de mí diciendo "¡acaba con ellos!", y un ángel a pi medios me suplicaba paciencia. Y fue entonces cuando la vi.
Una observadora no inercial medía mi posición a 10+-0,5m de distancia, los vectores de nuestras miradas coincidieron instantáneamente, y el mundo se detuvo. Pude comprobar la dilatación del tiempo, se acortó la distancia que nos separaba y en aquel diferencial de t todo tenía sentido: Los alumnos de primero aprobaban los parciales, Sanmartín aprendió a desplegar amarras, en el CERN se descubría un gravitón, aquel treintañero terminaba su proyecto, los mercados alcanzaban su equilibrio y alguien hallaba la primitiva de la campana de Gauss.
Por Burgos que era bella, de una belleza fractal. Cuanto más la examinaba, más compleja y perfecta me parecía, y hallaba nuevos detalles en ese aerodinámico fuselaje que no admitía errores, digno del mejor equipo de EADS. Su magnetismo me hacía vibrar con oscilaciones forzadas, noté que comenzaron a coincidir con mi frecuencia propia y pronto empecé a autoexcitarme de manera violenta. No había damping capaz de frenar de frenar aquella situación.
Imaginé que formábamos los dos un sólo sistema exotérmico, unidos por una ecuación de ligadura, imaginé que disipábamos energía mediante un insistente rozamiento, que cientos de wattios emanaban de nuestros cuerpos. Imaginé que los dos viajábamos en un móvil con movimiento rectilíneo uniforme y nos contábamos anécdotas sobre Cauchy, y desperté.
- ¿Sabes? -fueron mis primeras palabras-. Yo sé por qué llamaron así al número pi...
Recuerdo la sonrisa eterna con la que clavó sus ojos en mí, y supe que nada volvería a ser igual.
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