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Obtener grandes resultados sin despilfarrar el dinero impunemente. Esa es la premisa de Nassib. Si ya nos ha funcionado antes (y si así­ lo ha querido la mayorí­a de los socios) ¿por qué entrar a cuestionarlo ahora?

Los que alcanzamos a vivir la década de los noventa lo recordamos perfectamente. Cada invierno retumbaba en nuestros oí­dos el cantar de

ciertos grillos

mediáticos de las radios guayaquileñas. Generalmente anunciaban que la estrella de turno (llámese Diego Herrera, Enrique Ferraro, Eduardo Zambrano) desestimaba una oferta azul para irse a jugar por mucha más plata al Salado.

Mientras tanto, EMELEC pescaba en otros caladeros especí­menes de

menor

(Humberto Garcés, Marcelo Morales, Benincas, Faleros y Baldrices) cuyos fichajes pasaban prácticamente desapercibidos e incluso eran denostados por los medios en cuestión (ejemplo: el “equipo de los negritos” de 1992).
La historia del fútbol de este paí­s no nos deja mentir.

Durante el periodo que mencionamos (el de la presencia de Nassib Neme en la directiva, entre 1988 y 1993) EMELEC obtuvo, invirtiendo mucho menos, el mismo número de tí­tulos que los rivales del Salado.

Dos laureles que pudieron y debieron ser tres de no mediar la lamentable gestión de la FEF de Carlos Coello (¿de qué equipo era?) tras la invasión de la cancha del Atahualpa en 1989.

Los mismos o mejores resultados invirtiendo mucho menos. Ese es el estilo Neme. Por eso, a los más viejos no nos asombra para nada lo que estamos viendo actualmente.

Es más, ha querido el destino que nuevamente la chequera rival sea la de la familia Noboa, con la única diferencia del nombre del que firma los talones ajenos. Del yerní­simo Isidro se ha pasado a los sobrinos queridos. En el fondo da lo mismo.

Tenemos que estar plenamente conscientes que aunque nuestro apelativo diga lo contrario no somos un equipo millonario (desde el punto de vista monetario, me refiero). Cerrar un fichaje para nosotros es cinco, diez o cien veces más difí­cil que para los del otro equipo.

EMELEC históricamente, y sobre todo en la etapa de Neme, se vio siempre obligado a usar otro recurso diferente a la fuerza bruta del dinero: la astucia.

Esa inteligencia que le permitió traerse a un tal De Lima en 1989 sin que nadie sospechara nada hasta el aeropuerto y que ahora nos ha proporcionado la alegrí­a de tener al Chiqui Guerrero en nuestra plantilla. Comer callado y tranquilo, sin hacer tanto alboroto.

Si bien es cierto que de la historia no se vive, tampoco podemos olvidar que hay muchos de sus episodios que se repiten como ciclos y el caso del fútbol no tiene por qué ser la excepción.

Nuevamente se enfrentan la astucia con la prepotencia, los dineros trabajados con los dineros heredados, la crí­tica contumaz de los medios con la adulación en grado superlativo. Hechos que no nos resulta para nada desconocidos a los más viejitos.

Obtener grandes resultados sin despilfarrar el dinero impunemente. Ese es el estilo Neme. Si ya nos ha funcionado antes (y si así­ lo ha querido la mayorí­a de los socios) ¿por qué entrar a cuestionarlo ahora?

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