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El fútbol invade la vida de millones de ecuatorianos

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Miles de ecuatorianos gustan de la práctica del fútbol, deporte que se juega en canchas de arcilla o césped y hasta sin zapatos, en Esmeraldas y Guayaquil. En Chimborazo, por ejemplo, se regalan toros, toretes, borregos y chivos a los primeros lugares de un torneo anual, y en otros países, como España, se realizan campañas para captar hinchas entre los inmigrantes.

A fines de la década del 60, cuando Luis Capurro, estrella de EMELEC y la selección ecuatoriana en los noventa, era niño, no tenía un balón porque en su familia no había dinero para comprarlo, ni quién se lo regale. Pero con tal de jugar, en las canchas de tierra o en la playa de Las Palmas, en su Esmeraldas natal, él y sus amigos de la Parada Diez y la 11, hacían pelotas con el caucho natural de los árboles, un poco de papel picado y trapo.

Algo difícil

Era un trabajo difícil, que tomaba varios días desde que Duffer Alman, ex futbolista de Barcelona y preparador físico que trabajó con Francisco Maturana en la eliminatoria a Francia 98, extraía el caucho de los árboles que había en la finca de su abuelo, y el balón duraba dos semanas; pero no les importaba, por eso lo repetían cuantas veces fuese necesario.

Han pasado casi cuatro décadas desde ese momento pero hoy, en Esmeraldas, aunque ya no se usan los balones artesanales el estado de las canchas sigue siendo similar, al igual que la pasión de la gente por el fútbol. Por eso cada domingo, en Isla Piedad, en la ribera del río Esmeraldas, decenas de jóvenes corren el riesgo de lesionarse de por vida actuando en canchas de tierra, que están rodeadas de maleza y piedras.

El espacio es simple. Se sabe que se trata de una cancha de fútbol porque se divisan viejos tubos en forma de arcos sin redes, mientras que el resto es una planicie llena de polvo y piedras, donde 22 personas se juegan su integridad física. Hasta ahí llegan vendedores de bebidas que pueden llegar a ganar hasta diez dólares si es un buen día. Pero también aparecen dirigentes y estrategas, como Wilmer Castro, técnico de Esmeraldas Petrolero, que observan a los deportistas.

Fútbol

Él cree que los jóvenes prefieren el fútbol porque les gusta, pero también porque lo ven como tabla de salvación en una sociedad contaminada y de crecimiento, pues anhelan llegar a ser profesionales y a una selección. – Por ejemplo, dice, el 60% de los jugadores que clasificaron al Mundial de Alemania nacieron acá y eso los motiva más todavía».

Así es el sueño que tiene Ángel, quien dejó Esmeraldas cuando tenía unos ocho años y vive en un sector del suburbio guayaquileño, donde hoy juega en uno de los ídolos del astillero. Tiene 17 años y anhela salir de la pobreza, porque teme caer en las drogas que hoy han involucrado a su hermano mayor en la delincuencia.

Datos

Cuando él tiene la oportunidad se reúne en la cancha de la Liga Luis Chiriboga Parra, en el Batallón del Suburbio, donde surgieron Leonardo Soledispa (Barcelona) y Moisés Candelario (Emelec), y en cada temporada compiten 172 equipos, que juegan más de 40 partidos por semana. En ese sector suburbano es normal percibir el olor a marihuana mientras se observa un partido o escuchar el sonido por el roce de las botellas de aguardiente en un – brindis».

Pero eso, reconoce Carlos Morante, – se ve en todas las canchas del mundo. Lo importante es que quienes fuman o beben no hagan daño a nadie», asevera el Pibe Morante, que tuvo una fugaz carrera como futbolista en Emelec, por los años sesenta y que hoy aconseja a los nuevos valores, – porque el fútbol es efímero y si no aprovechan se quedarán tan pobres como estoy yo», recapacita.

Sin embargo, las carreras se truncan – para los futboleros, no para los futbolistas», dice Peter Angulo, director de las divisiones menores de la escuela que el seleccionado nacional Iván Hurtado tiene en su natal Esmeraldas, por eso – ya no queremos futbolistas ignorantes», expresa, y cuenta que en esa institución se educan y aprenden mucho del deporte más de un centenar de niños.

Objetivo parcial

Pero en Ecuador, no todos quienes practican el fútbol lo hacen con la intención de llegar a ser profesionales, sino también por diversión. Es lo que se vive en comunidades indígenas de Chimborazo, donde cada año en carnaval organizan torneos con su propio reglamento. El objetivo es estimular la superación cultural, física y técnica de los participantes, estrechar lazos de fraternidad y contribuir al adelanto del balompié indígena.

El día de la apertura todo es una fiesta colorida, en la que no solo prevalece el deporte, sino también las tradiciones de esa región. Todos los equipos están obligados a participar en el acto inaugural, con un número cultural (danzas) de la zona de origen del conjunto y el mejor presentado gana un premio de la organización.

De los once jugadores que ingresan a la cancha ocho deben ser indígenas del Ecuador, de los cuales seis son quichuas y dos podrán ser de otra cultura y los otros tres refuerzos. Al final, el campeón gana un toro y medallas de oro; el vicecampeón, un torete y preseas de plata; el tercero, un borrego; y el cuarto, un cerdo.

Emelec

Los deportistas indígenas que van a esos torneos no siempre están con sus familiares en la cancha, pero cuando se juegan los campeonatos estudiantiles sucede diferente. Ahí, el apoyo de los padres es fundamental. – Porque los chicos nos necesitan», sostiene Mari Valencia, una madre de familia que no se perdió ni un partido del Nacional Sub 16 en el que su hijo Alberto Alvarado fue campeón con Guayas.

Ella, que mantiene su hogar con la venta de comida, salía antes de las 09h00 de la 14 y Maldonado (suburbio oeste) donde vive, pero antes madrugaba a las cinco de la mañana y dejaba listo el menú del día, que terminaba de preparar al volver. Mientras seguía el partido sus gritos de aliento eran incontrolables. – Vamos Guayas, vamos», gritaba la mujer con mucha entrega y pasión.

Una pasión comparable con la que más de 45 mil personas dejaron ver el pasado 8 de octubre en el estadio Atahualpa, donde Ecuador alcanzó el segundo mundial de su historia, Alemania. Ese día, aficionados de diferentes equipos se unían en un abrazo para alentar a la selección que trajo a Quito a cientos de migrantes, que – la ven como un vehículo de pertenencia y de sobrestimación», dice el sociólogo Franklin Ramírez Gallegos.

La pasión de los ecuatorianos por el fútbol es muy intensa e incluso pasa las fronteras patrias. En España, por ejemplo, no es ajena a los clubes, que desde agosto pasado, que empezó la conocida Liga de las Estrellas, comenzaron a desplegar – sus armas» para captar a los inmigrantes.

Así lo reconoció el presidente del Villarreal, Fernando Roig, en la presentación de Antonio Valencia el pasado 23 de junio. Ese día, un centenar de ecuatorianos fue a saludar al compatriota, hecho que no pasó inadvertido para Roig, que vio con agrado la reacción de los inmigrantes.

Pero el mayor golpe de efecto lo dio Atlético de Madrid, con su campaña – El corazón tiene razones que la razón no entiende», protagonizada por un ecuatoriano. El spot narra las penurias que atraviesa el inmigrante, aunque él, para tranquilizar a su familia en Ecuador, miente y dice que su situación es muy buena. Pero la campaña no sentó bien a todos los ecuatorianos. Algunos creen que su imagen se deteriora cada vez que aparece el comercial en televisión.

Emilio Gutiérrez, director de Imagen y Comunicación del Atlético de Madrid, preveía esa reacción y a su tiempo, a través de la página web del club, manifestó:
«En el Atlético queremos acoger a cuantos ciudadanos del mundo residen en nuestra ciudad (Madrid), y que les sirva éste como lugar de encuentro y como ilusión durante su estancia con nosotros».

El anhelo de ‘patear’ a la pobreza gracias al balón

Darwin Klinger llegó a Guayaquil desde Sucumbíos hace siete meses. Es esmeraldeño, pero el fútbol lo llevó a jugar por esa provincia cuando alcanzó la adolescencia. Pero hoy el balompié amateur es parte de su pasado, pues tiene un espacio en el equipo Sub 18 de Barcelona y su anhelo es ascender más hasta llegar al elenco de la Serie A.

«Quiero salir de la pobreza en la que he crecido», es su respuesta cuando se le pregunta por qué razón dejó a su familia para jugar fútbol. Enseguida fija la mirada en una pelota que tiene en las manos y cuenta que vive junto a otros 21 menores de edad cerca al estadio Monumental. Y, aunque no percibe sueldo, está contento porque al menos ha recibido un par de pupos. Sus necesidades personales las cubre con los 60 dólares que su madre, Aleja Cabezas, una artesana de Tonsupa, le envía desde Esmeraldas mensualmente.

Cuando llegó tuvo una semana para mostrarse, una vez superada esa prueba alcanzó un puesto en el equipo Sub 18, que dirige el ex jugador Flavio Perlaza. Su ilusión es la misma de todos sus compañeros que han venido desde la región oriental, Manabí y Esmeraldas.

Ahora anhela que al término de este año se lo considere en el equipo de primera. Si eso sucede podría recibir entre 450 y 600 dólares, cuatro o cinco veces más de lo que gana su madre (120) por mes.

Jairo Caicedo, un chico huérfano de padre que vive en Los Vergeles, lo escucha con atención y cuando tiene la oportunidad lo interrumpe y dice: – Mi mamá (Mariana Medina) también es muy buena conmigo, gana poco como cocinera, pero me ayuda en todo. Siempre sueño con el primer regalo que le haré cuando gane plata. Quiero que sea algo bueno, como se lo merece».

En Ecuador, cuando un futbolista alcanza la titularidad en un club como Barcelona o EMELEC puede llegar a ganar entre 1.500 y 2.500 dólares. Si la campaña del equipo es buena, al año siguiente su sueldo asciende a los 5.000 y hasta 7.000 dólares. Otros, los que alcanzan la capitanía pueden llegar a obtener incluso 15.000.

También están los que llegan a la Selección Ecuatoriana de Fútbol. Ellos pueden percibir hasta 20.000 dólares por mes y más. A eso hay que sumar los premios y primas que se fijan a la firma del contrato y que dependerá de los resultados que cada jugador logre con el elenco que defiende.

La pelota acerca la patria al inmigrante nostálgico

Señores: – para este partido el rival se ha reforzado porque quieren ganarnos… Pero nosotros somos más. Ya saben lo básico: jugar en orden, sin cuestionar al árbitro. Hay que meter la pelota rápido, adelante, de un solo toque. El capitán de hoy es (Carlos) Flecha: ¡Un aplauso para el más borracho del equipo!»

El bullicio de los jugadores de la Liga de Portoviejo de Nueva York, incitado por su director técnico, Javier Medina, un portovejense que reside en el estado cercano de Nueva Jersey, buscaba desconcentrar a sus contrincantes de esa tarde de sábado que calentaban a pocos metros: La Farándula.

Era la décima fecha del campeonato – Estudiantes del Guayas», liga de fútbol fundada por el ecuatoriano Rodolfo Ubilla hace 35 años, un año después de su llegada a Estados Unidos donde trabajó haciendo pianos. Ahora está jubilado, con más tiempo para ver jugar a los 20 equipos que se congregan en el parque Flushing, en Queens.

El torneo dura siete meses: solo lo interrumpen durante el invierno cuando el frío impide hasta caminar unas pocas cuadras. El premio es un trofeo costeado por Ubilla.

Al otro lado del Atlántico, en Barcelona (España), la euforia futbolera ecuatoriana se vive en el estadio de Sant Andreu, donde 500 hinchas se agolpan en las tribunas para olvidar que están separados por un océano de su país.

Ese es parte del embrujo del campeonato Juan Pablo II, donde 50 equipos integrados por 1.000 jugadores se disputan el trofeo; de ellos, 800 son ecuatorianos.

El torneo comenzó a organizarse en el 2000, con pocos clubes. El número de equipos aumentaba edición tras edición. – Los inmigrantes son la clave del éxito de este torneo. Además, ellos han convertido al fútbol en un nexo con su tierra, porque hay varios equipos que llevan nombres netamente ecuatorianos: Deportivo Quito, Patria, Audaz Octubrino, Filanbanco, Santa Rosa…», dice José Guzmán, presidente del torneo, para quien el deporte no solo acerca a los inmigrantes al recuerdo de su tierra sino que les permite integrarse al país que los acogió.

Prueba de ello es el Mundialito de la Inmigración y la Solidaridad que se desarrolla en Madrid desde hace tres años, en el que participan dieciséis selecciones de inmigrantes, entre ellas la de Ecuador, que ganó en el último torneo realizado en junio pasado.

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