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Enrique Raymondi ‘El Maestro’

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‘El Maestro’ y los dos ‘Maestritos’

En el balompié ecuatoriano solo ha habido un Maestro, llamado así por su calidad excepcional que hoy sería de exportación a los grandes centros mundiales: el inolvidable Enrique Raymondi Chávez.

Las críticas periodísticas, en tiempos en que los elogios no se compraban, fueron siempre generosas para referirse a este frágil centrodelantero guayaquileño repleto de talento que empezó a destacar en Unión Deportiva Valdez, de Milagro, para pasar luego a La Catedral del Fútbol, como llamaron al entonces poderoso Panamá, bicampeón de Guayaquil en 1939. Formó ese año una delantera de lujo con Ernesto Cuchucho Cevallos, Alfonso Suárez, Raymondi, Manuel Arenas y Fonfredes Bohórquez. Los zagueros centrales intentaban marcarlo, pero Raymondi escapaba siempre y aparecía por donde menos se lo esperaba para elevarse y cabecear, o para poner el botín en contacto letal. Sabía ubicarse, regatear, tocar en pared; dominaba todos los secretos del balón y se hicieron famosas sus bajadas con el pecho para disparar de volea o de media vuelta y poner el esférico en la red.

Un gran periodista de aquel tiempo, Francisco Rodríguez Garzón, fue el primero en poner en la prensa las grandes dotes de Raymondi y empezó a llamarlo El jugador de cristal porque su magro físico parecía que iba a romperse ante las embestidas de sus celadores. Pero, hacía notar Rodríguez, el astuto centroatacante escapaba siempre rumbo al gol. Aparte, era un gran organizador de juego y a su ritmo se movía la delantera. Tal vez su mejor actuación ocurrió el 18 de julio de 1940, cuando Panamá enfrentó al Green Cross, de Chile, en el viejo estadio Guayaquil. En una mañana triunfal Raymondi le hizo tres goles de gran factura a los chilenos y se paseó en el área adversaria. Fue al día siguiente en que Rodríguez Garzón lo bautizó como el Maestro, mote con el que permanecerá en la historia.

En mi memoria queda una anécdota que no se borrará jamás. Mi padre me había hablado siempre del Maestro, al que consideraba el mejor delantero que había visto desde 1922, cuando empezó a ir al estadio a ver jugar a su tío, Pepe Vasconcellos, half del Racing, campeón de ese año. Mi primer viaje al espectáculo futbolero –ya lo he contado– fue en 1952. En aquel año el Maestro Raymondi era entrenador de Valdez y a ratos jugaba en la delantera. Tenía 40 años y sus mejores momentos pertenecían al pasado. Sorprendentemente, en 1957, en un encuentro entre 9 de Octubre y Everest, vi entrar en la ofensiva octubrina al Maestro. Tenía más de 40 años e inesperadamente volvía. ¿Qué iba a hacer en la cancha un veteranísimo excrack que tenía tantas temporadas retirado?

La sorpresa fue mayúscula cuando en el área everiana Raymondi pescó un centro, la paró con el pecho y de media vuelta puso un disparo al ángulo para vencer a Hugo Mejía. El público, de pie, le brindó la que debe haber sido la mayor ovación en su dilatada carrera. Para más señas, ese gol que vive permanente en mi recuerdo, fue en el arco que daba a la calle Pío Montúfar.

En 1958, de la selección de Guayaquil llegó al Patria el heredero de los genes del Maestro: Enrique Raymondi Contreras. Deslumbró desde el primer momento. Era un meteoro en el césped y combinaba este atributo con una gran inteligencia y dominio del balón. Raymondi traía en la sangre un enorme olfato de gol.

Patria había armado un gran conjunto para celebrar el cincuentenario de su fundación: Sotomayor; Martínez, Menéndez; Izaguirre, Sierra, Galarza; Saeteros, Colón Merizalde, Gambina, el jovencito Raymondi y Zsanrej. El argentino Carlos Gambina venía del balompié colombiano en el que había sido goleador, pero desde la primera práctica advirtió el talento convertidor de Raymondi Jr. Decidió que iba a jugar como Adolfo Pedernera en La Máquina de River Plate: un piloto de ataque, abastecedor para la velocidad y el ingenio de su bisoño compañero. Gambina ponía el pelotazo al vacío y el resto lo hacía el pique de Raymondi. Siempre un toquecito, ‘un pase a la red’, nunca un cañonazo. No era necesario porque Raymondi llegaba siempre con uno o dos segundos de anticipación a los zagueros y se colocaba cómodo para fusilar a los arqueros.

La afición lo empezó a llamar el Maestrito. Patria fue campeón, en parte, gracias a sus 18 goles que lo hicieron el máximo artillero del torneo de 1958. Estuvo en EMELEC y fue campeón de Asoguayas en 1962 y 1964, y campeón nacional en 1961 y 1965. En estos días se cumplirán 53 años de aquel memorable partido de Copa Libertadores en que EMELEC goleó 7-2 a Universidad Católica, de Chile, con cinco tantos de Raymondi, quien se consagró aquel año como goleador de la Libertadores.

Pero hubo otro Maestrito. Aquel marcador lateral de Everest, campeón nacional de 1962: Carlos Flores, a quien llamaban también el Pibe cuando surgió en 1962 en Chacarita Juniors, el equipo de mi barrio, lo que explica mi amistad y el afecto hacia el Maestrito Flores. Pasí aquel 1962 a Everest, que necesitaba un marcador lateral de clase. Con el recordado Hugo Suicida Mejía en el arco y Hugo Pardo, Jorge Spencer y Carlos Flores en la zaga apuntalando a un gran elenco, Everest dio la sorpresa al superar a Barcelona y ganar por primera y única vez el título nacional.

En esa gran faena en el estadio Modelo, dos jóvenes jugadores fueron las figuras: Galo Pinto, el goleador everiano, y Carlos Maestrito Flores, impasable por la banda derecha, protegiendo a Mejía, auxiliando a los centrales y despegando por la banda para alimentar al ataque. En la esquina de Escobedo y 9 de Octubre, hoy muy temprano estarán reunidos Galo, Pepe Johnson y el Maestrito Flores, junto con otro everiano de la primera época, Víctor Garzón, para rememorar esa jornada inolvidable. (O)

Ricardo Vasconcellos R.
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Category: Biografías
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