Fuente : Diario el Universo | Texto: Marcia Barzola Castro | Fotos: Martín Herrera Torres.

El presidente de EMELEC estará por décima ocasión en un Mundial como miembro de la FIFA. Antes de irse a Alemania 2006 narra su experiencia en las canchas, en las que aprendió a ser un dirigente objetivo.

Tenía 37 años. Era abogado y directivo del fútbol amateur local cuando, en un sudamericano que se jugaba en Lima, ingresó raudamente a la cancha del estadio Nacional e increpó al árbitro que dirigía el partido Ecuador y Chile, porque creyó que estaba perjudicando a la Tricolor con sus decisiones.

Recordar la fecha, 11 de mayo de 1966, no le es fácil. Lo que sátiene claro es que ese hecho lo llevó a despojarse de la pasión de hincha y a cambiar sus actitudes viscerales que comenzaron en las graderías de las generales, cuando hacía barra por Emelec.

Pero, ¿cómo ese hecho negativo lo llevó a cambiar de actitud? Ríe, se levanta y enciende el tercer cigarrillo en menos de media hora de diálogo, antes de comenzar a contar que tras ese incidente personalidades del balompié sudamericano que estaban en Lima se acercaron, lo criticaron y le expresaron que tenía condiciones para ser un gran dirigente, pero para eso debía – dejar de ser hincha”.

Esa crítica le martilleaba en la cabeza, una y otra vez, hasta que el menudo hombre (mide 1,55 metros), que aún adolescente renunció a ser delantero – por enano” –como dice–, incursionó en la dirigencia sin – pasionismos”. Asimiló bien el error y cuatro meses después, en septiembre de 1966, comenzó a defender a Ecuador en la Conmebol, entidad que ese mismo año lo designó representante de Sudamérica ante la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).

Él piensa que la mejor muestra de que comenzó a actuar con equidad es que, aunque se identifica emelecista, el caso más importante que resolvió en Sudamérica fue a favor de Barcelona, al que defendió en 1971. Ese año clubes colombianos impugnaron la inscripción tardía de Alberto Spencer en la Copa Libertadores. Recuerda que, seguro de que los toreros tenían la razón, acudió a la FIFA y Cabeza Mágica pudo actuar, por lo que recibió la ovación de miles de amarillos en el estadio Guayaquil.

Desde ese año el Napoleón del fútbol, como muchos lo llaman al compararlo con el menudo emperador francés Bonaparte por su incansable labor en la dirigencia, es miembro honorario de la FIFA. Antes de llegar a ese organismo, en Ecuador estuvo al frente de Fedenador, del fútbol amateur, la Asociación Ecuatoriana de balompié (hoy conocida como Ecuafútbol) y Emelec.

Hoy también es asesor internacional de la Ecuafútbol, pero además sigue sirviendo al equipo azul. Aceptó la presidencia el 7 de septiembre pasado, cuando el club experimentaba una de las peores crisis de su historia: no tenía presidente, tampoco plantilla competitiva y mucho menos dinero. Al final el equipo no accedió a la liguilla, pero él continuó porque, aunque sostiene que EMELEC nunca le dio nada, ahora no desmayará hasta verlo entre los mejores.

Para él siempre será su club, por eso entre los recuerdos que adornan las paredes de su casa predomina el azul. Pero ahí también conserva decenas de diplomas y condecoraciones, algunas de Barcelona. Y en varias vitrinas tiene cientos de recuerdos de las copas América y Libertadores; de los nueve mundiales y congresos de la FIFA, en los que pese a no tener voto sá ha sido el único dirigente ecuatoriano que ha llegado a integrar y opinar en la comisión organizadora.


Pero su labor no se quedó en la parte dirigencial, también ha asesorado a otras entidades e incluso a los futbolistas que, desde hace tres años, – pelean” –según él– por dejar de ser manejados como – simple mercancía de los clubes”, derecho que les otorga la FIFA una vez que algún equipo prescinde de sus servicios.

Además, hace más de tres décadas ejerció un cargo público. Laboró en la Inspectoría de Trabajo. Para él lo anecdótico en esa función fue – haberles negado varios vistos buenos (válidos para despidos intempestivos) a empresas grandes. Saláde abajo y estoy con los débiles”, expresa.

Después de esa experiencia laboral no volvió a ejercer ninguna actividad en entidades estatales. – Porque no me agradan los compromisos por debajo de la mesa”, expresa Hidalgo. Ahí, según él, pasa algo parecido a la política. Por eso es que, aunque le han ofrecido más de una candidatura a diputado, tampoco aceptó.

Pero esos – compromisos” a los que él se refiere también se trasladan al deporte. En la actividad donde, considera, los rencores deben olvidarse pronto, hay dirigentes que se desgastan en cosas triviales porque, como hinchas, luchan solo por sus intereses.

Lo que aprendió en Lima lo marcó tanto que aún hoy cuando alguien pretende enfrentarlo prefiere dialogar. Pero dejar de ser hincha, para llegar a dirigente equilibrado, no es lo único que haría si volviera a nacer. También le gustaría esquivar la orfandad que, en su natal Bahía de Caráquez, experimentó desde los siete años, cuando dejó de existir su padre, Miguel Hidalgo, y que se ahondó a los nueve al fallecer su madre, Ermelinda Rojas. Ella era hija del militar colombiano Serafín Rojas, hacendado de Manabí que lo crió con sus cinco hermanos, pero que también murió al poco tiempo.

Además, a sus 77 años, Hidalgo desearía vencer su adicción al cigarrillo. Fuma una cajetilla al día y a veces más. Y no haberse automedicado tanto, lo cual lo tienen al borde de una insuficiencia renal aguda. Sus riñones solo funcionan un 20%. Siguen trabajando, cree, por los cuidados de su esposa, Azucena Delgado, con quien se casí hace medio siglo, tiempo en el cual ha sido buena con él, más cuando se dejó arrastrar por las que hoy llama – desgraciadas tentaciones” (otras mujeres) y por su amor por la dirigencia a la que le ha entregado cuatro décadas de su vida.

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