poroso viteri trivinho
poroso viteri trivinho

(Autor : Christian Cruzatti)

Poroso tatúa en el aire una pirueta imposible e impactó un balón que, malherido, exhala toscamente en la red.

El juez de línea que ha visto el prodigio, sabe que es fuera de juego y quiere alzar la bandera. Después de todo, es autoridad que ejecuta la norma, Capitán Javert tras El Miserable. Pero su cuerpo se paraliza, sus ojos que siguen viendo el milagro no quieren cerrarse. Esto que sus ojos ven, es ver de verdad, hasta antes de este momento, la vida, toda la vida, sólo han sido días con sol. Cuando Poroso pasa corriendo junto a él, tira la bandera y aplaude. Ha pensado en contarle la infidencia – Creo que fue fuera de juego” pero no se atreve, ese gol (si es que ese fulgor de la cinética puede llamarse así) no se puede anular.

Se saca el luto que tiene por traje, para disimular, y se va a abrazar a ese cataclismo de la hinchada, se va abrazar al estadio que está cayendo sobre Poroso, junto con la tarde y junto al país. La hinchada que se abraza al campeonato, por primera y última vez, le perdona la profesión al juez.

En Quito, hace ochenta minutos y luego otros diez minutos después, la otra hinchada que no es pero quiere ser, canta el mantra: – Y ya lo ve, y ya lo ve”. En Casa Blanca, Liga de Quito y Barcelona de Guayaquil, protagonizan una guerra. El campo huele menos a pasto que a pólvora y mucho menos a pólvora que a carroña. No huele a caramelo.

A Barcelona le basta un gol para campeonar, pero el arco de Jacinto Espinoza está hechizado. No cae y cuando cae, la providencia anula los goles.

Espinoza, campeón con EMELEC hace diez años, juega otra final. Es la misma final que se juega dos veces, sólo que con diez años de diferencia. Sus manos, que también son las manos de Onzari, García, Rodríguez, han logrado descifrar en la mirada de los delanteros el sitio que eligen para el disparo. Este miriápodo construye una fortaleza para su equipo y un paredón para el rival que agoniza. Los jugadores amarillos palidecen ante el embrujo. Un sudor angustioso quiere romper la maldición de un lustro sin campeonar. El lustro pronto se convierte en década. (Cuando EMELEC cumple 80 años de vida institucional, transcurre el undécimo año de Barcelona sin campeonato que celebrar. También se cumplen doce años sin que pueda ganar en Casa Blanca)

Fin del partido, fin del campeonato. Jacinto Espinoza se pierde en el estadio ajeno, en el silencio del vestuario celebra su tercer campeonato con Emelec. A lo lejos, cree escuchar las voces que le agradecen las manos con las que ha nacido. Sus guantes, los guantes de aquel día, guardan la mitad del campeonato.

Poroso es la otra mitad. Ha movido la copa que estaba en Quito. Ordena que se la traiga a Guayaquil. A la caldera. Él es el protagonista de un gol imposible, de un campeonato imposible, de una tarde imposible. El Maestrito, el Pibe, Félix Lasso, lo esperan. También lo esperan los ecos del grito de aquel día, los tambores rotos, los fantasmas melancólicos.

La inmortalidad que ha ganado aquel día, su inmortalidad, tiene su precio. A veces lo despierta el rugido de la masa que vio su gol de chilena. Espectros se le meten por la ventana para preguntarle – ¿cómo fue ese gol de chilena que hiciste en la final?” Y él, conversando con el vacío, pasa madrugadas enteras describiendo, intensamente, con bruscos ademanes, la pirueta que repite una y otra vez sobre la cama, con los ojos bien abiertos y con una sonrisa que le corta la cara.

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