Gol del Jechu

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estadio capwell
el capwell es el cuarto mejor estadio del 2017

( autor : Christian Cruzatti )

«A veces, Jesús era el Jechu y jugaba en Emelec.

En el entretiempo, Jesús Cárdenas se lo anuncia: – Profe, hoy le gano el partido» Castelnoble, técnico de Emelec, quien está pisando las palabras con amargura, despotricando contra todo el vestuario, lo mira con incredulidad. EMELEC hasta entonces pierde 2 a 0.

El regreso es como ha profetizado. A los 49 minutos el Jechu anota. Eduardo Aparicio marca el segundo al minuto 70. EMELEC necesita un gol más.

Es el 15 de Mayo de 1988 en el Estadio Olímpico Atahualpa. A diez minutos del final, EMELEC y El Nacional siguen empatados a 2 goles. Ya lleva algunos segundos encima el minuto 83 cuando ocurre el prodigio: El flaco Enrique Verduga pone un pase que crea el vacío para el Jechu Cárdenas. Pareciera que es un pase de Raymondi, por lo filoso, por lo criminal, por la saña envenenada de la comba. Por eso y también porque deja un cementerio de defensas a su paso.

Queriendo volver en línea, a los defensas se les hace un nudo en las piernas y caen engullidos a un vórtice que se abre en la grama.

Los que sobreviven al pase del flaco (Hans Maldonado y Andrés Nazareno) intentan dar alcance al delantero. Pero pronto desisten. Con una mueca de angustia, observan cómo el Jechu recibe el balón y atraviesa, con un estruendo, la velocidad del sonido.

En el camino que lo separa del gol sólo resta el portero Fernando Hidalgo. Para poder impedir el gol, éste busca una piedra que no encuentra para arrojársela. ¿Cómo habría de detenerlo si no? Descompuesto por la proximidad de la sentencia, sale decidido a romperle las piernas al delantero que encara. El Jechu amaga para adentro, pero resuelve por fuera, lo deja tendido a su lado.

El guardameta, sólo percibe que una vaga luz le pasa al costado y que un viento helado le roza la calva. Ya deshecho, estira los brazos hacia el horizonte, logrando atisbar, apenas, un punto errante que desaparece en la distancia.

Ya enfilado al arco y trotando al gol, el Jechu atraviesa, con reverente solemnidad, el tiempo. Solo, en ese desierto, Cárdenas disfruta el momento. Da grandes trancos en soledad y detiene el balón en la línea. No tiene forma de saber que a ese momento volverá todos los días de todos los años que aún le quedan por recordar, pero lo intuye. Allí, no sólo detiene el balón en la línea, sino que con el balón también se detiene la respiración de todo el estadio. La gente calcula:- ¿habrán sido 30 segundos, un minuto, 15 minutos? Los diarios del día siguiente, titularán: – el gol más largo de todos los tiempos» – el gol que duró un minuto»

Emelec para ser campeón luego de 9 años, no sólo necesita ganar este partido ni hacer este gol, sino también debe ganarle a nueve años de frustraciones (Emelec junto al Nacional son los únicos equipos que no han debido esperar más de diez años para celebrar un campeonato) De tanto estar deseando campeonato, las pepitas de los rosarios están gastadas, las estampitas de los santos, empañadas a punta de besos, están borrosas; las uñas de los más devotos están llenas con el esmalte del Cristo de madera. Y aunque éste no es el gol del campeonato simboliza lo que este año viene siendo para Emelec. Es un gol legendario, irrepetido e irrepetible.

Cuando por fin lo anota, a Castelnoble Se le van las fuerzas de las piernas. Se le congela la cara. Y se avergüenza de sus gritos, y de la insolencia de su falta de fe. Después de todo, él sólo era él –un hombre con defectos-. El otro era El Jechu.

Ahora en el retiro, el jechu vuelve a escuchar la ovación que le sigue a ese gol. Ya no es el rugido tumultuoso de los hinchas que cayeron en cascadas sobre el enrejado de la tribuna, sino una pequeña multitud de gatos trasnochados y de hambrientos pájaros que le hacen de público mientras la aurora se desborda al poniente. Los recuerdos lo abofetean, porque en el retiro es artista sin público ni aplauso.

Pero inevitablemente vuelve el fotógrafo que tratando de captar el prodigio, fue mutilado por una valla, vuelve el grito destemplado y suplicante de Raúl Avilés para que meta el balón, vuelve toda la banca que lo ve con los ojos humedecidos. Los descubre disfrazados de elementos, en el hongo antropomorfo de la pared, en el éxodo de una colonia de hormigas, en el refugio de colillas de su cenicero. En el tenso puente circular de los insultos del tráfico. Vuelven los recuerdos con tierna crueldad a visitarlo en las fotos del aniversario 80 de Emelec.

El de 1988 es un campeonato que EMELEC no lograría sin el Jechu. Esa confidencia no la acepta su humildad.

A veces escucha y lee el aforismo, en un consejo de revista, en un mensaje de tele. En un amigo que le espeta el cliché: – La felicidad, hermano, es un momento…- Él no sabe si quienes lo dicen, saben de lo que hablan, al menos él, no tiene cómo escapar de su momento, su vida es ese gol y campeonato en el Olímpico. Su vida es un momento que le dura toda la vida. Él, mejor que nadie, sabe de estas verdades que habitan detrás de todas las cosas. En la esencia invisible del aire.

Quince años más tarde, Carlos Alberto Juárez también se calzará la sombra y el ejemplo. Los 120 goles que hizo el jechu, lo condicionan y lo anuncian. Preparan el bicampeonato y al goleador que alumbrará el nuevo siglo.

Christian Cruzatti

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