La Pesadilla de Quito

0
617
chica sexy emelec
chica sexy emelec
emelexista emelec Elizaga Ecuador

«No es que se haya muerto nadie» –dijo una llamada entrante a mi celular- Y claro, era así. No se había muerto nadie.

Es sólo un partido de fútbol-observaron los muchachos antes de irme- y les agradecála precisión. Pero, por alguna razón, aún no descifrada del todo, eso no me resultaba suficiente. Contando hasta diez no conseguía pasar del tres. Inhalando, exhalando, inhalando… sólo me salían bien los suspiros.

Declaraciones

Al detener mi auto en la avenida, el rojo resplandor del semáforo me iluminó el rostro. Mis manos, entonces, de color sangre, denunciaban-según ciertos psicólogos- el violento recuerdo de la derrota. La cual se había propuesto seguirme a casa.

Habiendo poco ruido en el camino, de no ser por algún peatón y alguno que otro carro, diríase que era o bien el fin del mundo o bien el primero de Enero. Lo único cierto hasta entonces, sin terminar de comprobar lo uno o lo otro, era que una sensación de soledad y derrumbe, asolaba la ciudad.

Emelec

Al llegar a casa y guardar el auto en el garaje, subáa mi cuarto y me asomé a la ventana. Las calles del barrio, aún estaban inusualmente iluminadas por la celebración del 9 de Octubre, banderas de Guayaquil y varias hileras de bombillos colgaban a los dos las lados de las aceras. En la cima del palo encebado, incluso, aún colgaba una caja de zapatos.

En fin, la calle había esperado llenarse con la celebración del post-partido pero al final del mismo, sólo había nacido un minuto de alegría que pronto había muerto con el gol uruguayo. En ese momento no había nadie. Pensé: a todos se nos muere alguien pero no al mismo tiempo y si así sucediera, sería como ese sábado.

Al principio, me propuse olvidarme de todo, como acostumbran a recomendar los noticieros y los buenos modales, los ejercicios del yogui y el paquete turístico que promociona a Miami, pero sólo conseguía entristecerme un poco más. En cierto modo, tanto me entristecía como me enojaba el resultado con los uruguayos, pero, a la larga, sinceramente, lo insoportable no era el partido en sámismo, sino lo que el partido producía en los demás.

Datos del partido

Los muchachos se refirieron al técnico ecuatoriano, entre otras cortesías, – como ese indio ignorante» y entre otros buenos deseos esperaban – que se fuera a Bolivia con los de su raza» Pienso que los muchachos siguen heredando el odio colonial de la raza, pero no quieren admitirse como racistas. También pienso que no dejarán de enseñar ese odio a sus propios hijos. Y así seguiremos.

Otros compatriotas, que en conjunto, poco sueñan y esperan, hundiéndose en el pozo al cual cayó su equipo –o más bien, el símbolo de su identidad cultural- acababan por practicar el canibalismo de su propio espejo. Practicando el odio a uno mismo, que luego de la primera gran derrota, regresaba.

Imágenes de ese odio hacia adentro parecía ser la escena final del partido: Antonio Valencia, azuzado por el carbón encendido de la fragua y escuchando los insultos de la General Norte, salió del túnel a batirse a duelo con la hinchada. La barra practicaba su puntería con botellas vacías de cristal dirigidas a su cabeza.

De ese modo, le agradecieron el esfuerzo.

Veía esas imágenes por televisión. Mi esposa, desde que había llegado, ya me había preguntado varias veces lo que me pasaba y yo le había respondido que había una suerte de dolor colectivo en el ambiente. No estaba de acuerdo conmigo cuando le expliqué mi hipótesis sobre los niveles de pesadumbre. Para ella las verdaderas tristezas estaban en los dolores individuales, en esos mezquinos diagnósticos de cáncer o en quedar fuera de los roles de pago. Por mi parte, no le repliqué ni más ni menos, parecía tener razón. Aún así, lo que restaba de la noche, la pasé como perdido en mi propia casa, caminando torpemente entre los muebles y observando la ventana mientras me preguntaba; ¿Dónde diantre se había ido la ciudad?

Luego, merendé dos pastillas con agua y por todo propósito sólo me determiné a dormir. Acostado, le deseé buenas noches a mi esposa y ella apagó la luz.

Antes de cerrar los ojos, como cuando era niño y católico, recé de rodillas con las manos bien pegadas la una a la otra, deseé que amaneciera otra vez ese 10 de octubre y que alguien devolviera esaa pesadilla al infierno del cual había salido.

Hoy, sin embargo, amaneció el día que tocaba.

emelexista emelec Elizaga Ecuador
Facebook Comments