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Despojémonos todos, sin excepciones, de las camisetas y las pasiones partidarias y reconozcamos hidalgamente que EMELEC es un legítimo y merecido monarca nacional del 2014 y bicampeón por tercera vez en su historia. Todo lo que se quiera argumentar es meramente episódico y en el caso de Álex Bolaños –y su temprana expulsión en la final– me inclino por la presunción de inocencia hasta que se demuestra su culpabilidad.

Tal vez lo enviaron a marcar a su hermano Miler, el adversario más influyente, y se excedió llevado por su reconocido temperamento brusco que no repara en sentimientos filiales. No hay que olvidar que Miler fue víctima de tres trancazos antes de que llegara su hermano a talarlo dos veces. En la mayoría de los casos los que pegan lo hacen por miedo. Temen que los habilidosos los hagan pasar vergüenzas. Muchos futbolistas creen que en los primeros minutos se puede golpear impunemente porque los árbitros no acostumbran a sacar tarjetas al inicio del partido.

Emelec fue el equipo más regular de la temporada. Ganó con comodidad la primera fase. En la segunda tuvo un momentáneo bajón provocado por la intensa campaña y las lesiones, pero volvió a sus pasos en las dos finales en las que fue ampliamente superior. Las cifras son claras: en la tabla acumulada EMELEC cuenta 88 puntos (sin contar las finales), seis más que Independiente del Valle, ocho por sobre Barcelona y 23 puntos más que Liga de Quito, que son sus escoltas.

Algo que no admite alegación en contrario es que EMELEC fue siempre fiel a su historia. Aquella que fundaron Luis Hungría, Chento Aguirre, los Mellizos Mendoza y Marino Alcívar, campeones en 1946: fútbol elegante, rápido y efectivo. El mismo estilo que engrandecieron José Vicente Loco Balseca, Jorge Caruso, Eladio Leiss, Carlos Raffo, Daniel Pinto, Orlando, Mariano y Jorge Larraz, y que adquirió su brillo mayor con Jorge Bolaños, Galo Pulido, Roberto Pibe Ortega, Enrique Raymondi, Rómulo Gómez en el inolvidable Ballet Azul de don Fernando Paternoster. Todos los que llegaron luego, dirigentes, técnicos y jugadores, respetaron siempre la tradición bajo la premisa de que el más corto camino a la victoria es jugar bien.

Este EMELEC puede ser comparado con cualquiera de los grandes equipos eléctricos de antaño. Contó con la ventaja de tener a dos de los mejores y más desequilibrantes jugadores de ataque del balompié nacional: Ángel Mena y Miler Bolaños. El resto del plantel fue garantía de victorias.

A contramano de la historia, el mayor ídolo futbolero del país, el Barcelona, se traicionó a sámismo. Su entrenador, Rubén Israel, pensó hacerse famoso ganando un título. Tomó un equipo devastado por la incapacidad de su antecesor y decidió que había que vencer de cualquier forma.

Sorprendió al principio, pero luego cayó en un pozo para luego sobrevivir con más suerte que fútbol. El ‘sistema Israel’ parte de un libreto: todos atrás, un puntazo cuando llega el balón al área propia y todos a correr para ver si alguien lo alcanza. Israel cree mucho en la fortuna y Barcelona la tuvo en algunos partidos, cuando pese a ser dominado salió triunfador gracias al único elemento rescatable que tiene en sus filas: Ismael Blanco. Nadie más puede sacar la cabeza del panorama de mediocridad e indolencia de este equipo ‘made in Israel’ del 2014. Barcelona puede prescindir de todos, incluido el director técnico, y no habrá perdido nada.

Israel no sabe, y nadie le ha contado, cómo Barcelona se hizo ídolo luchando contra la adversidad con futbolistas criollos, derribando gigantes y metiéndose con base en la técnica y garra en el alma popular. No sabe tampoco que con nacionales y extranjeros de clase construyó grandes equipos que dejaron una indeleble huella en la memoria, bajo la conducción de maestros generosos como Gradym, Otto Vieira y Miguel Ángel Brindisi, por citar a algunos.

Este Barcelona de hoy se traicionó porque jugó como equipo chico recién ascendido. Se pedía ganar por encima de todo y los – cómo” perdieron relevancia. Se echó al cesto de basura la historia, el estilo, el compromiso para con el público. ¿Recuerdan los seguidores toreros que frente a Católica Israel sacó al único delantero (Blanco) y se jugaron largos minutos con un arquero y diez defensas? Nunca, en 63 años de ver fútbol, atestigüé tal bochorno.

No quiero dejar pasar un concepto emitido por alguien que sabe de fútbol mucho más que yo. Discrepo respetuosamente con aquello de que jugar bien es respetar las órdenes del técnico. Luis Santibáñez, adiestrador chileno de Filanbanco, llevó a este club a la Copa Libertadores en 1988. Contra Newel’s y San Lorenzo, en Buenos Aires, no puso ningún delantero: todos eran defensores y mediocampistas de corte. El objetivo era no perder o caer por la mínima diferencia. El portero Álex Cevallos hizo dos partidos monumentales. Los demás enviaban el esférico al Río de la Plata. Los jugadores cumplieron con la consigna, pero ¿jugaron bien?

En auxilio de mi escaso saber técnico y táctico, acudo a una definición del argentino Jorge Valdano: – Cada lugar del campo tiene su velocidad y su dificultad, todos tocan y se ofrecen. El bordado empieza desde atrás, donde hay que asegurar la salida sin riesgos. El medio centro distribuye con sentido común; los medios de los lados pasan la raya de banda y se muestran en diagonal. El cuarto centrocampista es el transgresor que intenta cosas raras para arriesgar la búsqueda del gol y todos juntos se suman al delantero en la llegada. Maravilloso. ¿Ah, sí? Entonces no pregunte más qué es jugar bien”.

¿Cuál de los dos equipos del Astillero se acercó más a la definición de Valdano a lo largo del torneo y en los dos finales? La respuesta es clara: Emelec. Y por eso es el campeón por 12ª vez.

Fue un equipo estable en lo dirigencial y económico, acertó en casi todos sus fichajes, mantuvo a un DT que busca siempre ganar en buena ley, que es claro en sus conceptos tácticos y que al tener continuidad no sufre la presión del triunfo por cualquier medio. Lo que es más: los jugadores respondieron con clase y corazón, dos ingredientes vitales que no aparecieron en el ADN de los futbolistas toreros de hoy. (O)

Barcelona se traicionó a sámismo. En un panorama de mediocridad de este equipo ‘made in Israel’, lo único rescatable es Ismael Blanco.

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